En política los gestos suelen revelar más que los discursos. Mientras a nivel nacional el experimento libertario empieza a mostrar contradicciones que erosionan su propio relato, en la provincia los gestos de austeridad tampoco alcanzan si no están acompañados por coherencia y gestión. Entre funcionarios que confunden provocación con liderazgo y servicios esenciales que siguen fallando, la política vuelve a enfrentar su desafío más antiguo: demostrar que gobernar es algo más que anunciar decisiones; es sostenerlas con responsabilidad cuando la realidad aprieta.
1. En política los gestos suelen decir más que los discursos. Hay gobiernos que construyen poder a partir de símbolos silenciosos —un gesto de austeridad, una decisión incómoda, una renuncia a tiempo— y hay otros que, sin proponérselo, terminan revelándose en los detalles. En la Argentina de Javier Milei, los gestos empiezan a contar una historia bastante distinta de la que prometía la campaña.
El último capítulo lo protagonizó el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Durante meses fue la cara visible de un gobierno que eligió comunicar desde la provocación. Desde el atril de la Casa Rosada construyó su personaje a fuerza de ironías y sarcasmo, muchas veces con un tono de burla hacia cualquier cuestionamiento. Se rió de periodistas, relativizó conflictos sociales y defendió cada decisión del oficialismo.
Incluso las más difíciles de explicar.
Entre ellas, la represión contra jubilados que se manifestaban frente al Congreso. Mientras las imágenes mostraban golpes y gases contra quienes reclamaban por sus ingresos, el entonces vocero eligió el libreto de siempre: minimizar el conflicto, justificar la acción policial y sugerir que detrás de cada protesta se escondía una conspiración política.
Pero el problema no es solo el tono.
El problema son los gestos que contradicen el discurso original. El episodio que terminó de exponer esa contradicción fue el viaje a Nueva York en el que Adorni integró la comitiva presidencial acompañado por su esposa, Bettina Julieta Angeletti. La presencia de familiares en giras oficiales siempre fue una práctica cuestionada en la política argentina. Y resulta todavía más incómoda cuando proviene de un gobierno que llegó prometiendo terminar con los privilegios de la casta.
La escena es difícil de justificar: un funcionario que durante meses predicó austeridad y se burló de la política tradicional termina viajando al exterior con su pareja en una delegación oficial. En otras palabras, exactamente el tipo de gesto que ese mismo gobierno decía venir a erradicar.
Los detalles importan porque revelan algo más profundo. El gobierno que prometió aniquilar a la casta empieza a parecerse demasiado a aquello que decía combatir.
Y no es el único gesto que llama la atención. El propio Javier Milei parece sentirse más cómodo en escenarios internacionales que recorriendo el país que gobierna. Desde que asumió, el Presidente acumuló más viajes al exterior que visitas a muchas provincias argentinas. Algunas, directamente, todavía no recibieron una visita oficial.
Misiones es una de ellas.
En más de un año y medio de gestión, Milei todavía no realizó una visita institucional a la provincia. En cambio, su agenda internacional fue intensa: foros, conferencias, encuentros con líderes extranjeros y apariciones en eventos ideológicos que parecen entusiasmarlo mucho más que el contacto directo con las realidades locales.
Los gestos, otra vez.
Porque gobernar un país federal también implica recorrerlo, escuchar sus problemas y entender que la Argentina no termina en los estudios de televisión ni en los auditorios internacionales donde el Presidente suele sentirse cómodo.
Mientras tanto, el modelo económico avanza con consecuencias visibles. La promesa libertaria era terminar con los privilegios y desarmar el entramado de intereses que rodea al Estado. Sin embargo, la casta sigue ahí, vivita y coleando, adaptándose con la velocidad que siempre tuvo para sobrevivir a cualquier gobierno.
Tal vez por eso conviene recordar algunas lecciones de la historia reciente.
Los más jóvenes harían bien en mirar hacia los años noventa. El experimento económico de Carlos Menem también comenzó con promesas de modernización, apertura y prosperidad. Durante un tiempo funcionó. Pero el esquema terminó mostrando sus límites y dejó al país al borde de una crisis profunda.
El desenlace llegó pocos años después, cuando Fernando de la Rúa ganó las elecciones de 1999 prometiendo sostener el famoso un dólar, un peso, mientras su rival Eduardo Duhalde advertía que una devaluación sería inevitable para recuperar la economía. La política y los electores eligieron la ilusión, como hoy. El resultado terminó siendo el colapso de 2001.
La historia no se repite de manera idéntica, pero suele rimar.
Las contradicciones aparecen también en la política de seguridad. El gobierno convirtió a las fuerzas federales en una especie de fuerza de choque permanente frente a cualquier protesta social. La estrategia, impulsada por la exministra de Seguridad (y de Trabajo de De la Rúa) hoy senadora, Patricia Bullrich, apuesta a la presencia policial como forma de disciplinar la calle.
La paradoja es evidente: se les exige actuar como primera línea del orden público mientras sus salarios siguen siendo bajos y muchas veces insuficientes para sostener a sus propias familias.
Se les pide que defiendan un sistema que tampoco los recompensa.
Por eso, cuando se habla de gestos, conviene mirar más allá de los discursos. Los gobiernos no se desgastan solo por sus decisiones económicas. Muchas veces se erosionan por esas pequeñas escenas que desnudan la distancia entre lo que prometieron y lo que finalmente hacen.
Y cuando esa distancia se vuelve demasiado evidente, ni el mejor vocero alcanza para explicarla.
2.En política, como en la vida, los gestos importan. Pero también tienen un límite: si no están acompañados por coherencia, se convierten apenas en señales fugaces, en movimientos que duran lo que dura el impacto de un anuncio.
En Misiones, en los últimos meses aparecieron varios de esos gestos. La decisión de reducir oficinas públicas, eliminar cargos jerárquicos y achicar estructuras administrativas buscó transmitir una idea clara: el Estado también debe ajustarse en tiempos difíciles. En un contexto nacional atravesado por recortes y tensiones fiscales, el mensaje tiene lógica.
El problema es que los gestos, por sí solos, no alcanzan.
Porque cuando el ciudadano se encuentra con oficinas del propio Estado que funcionan a media máquina, o cuando un servicio esencial entra en crisis sin respuestas rápidas y claras, el gesto pierde fuerza. El caso del agua en Posadas es un ejemplo demasiado visible. La empresa Servicios de Agua de Misiones (SAMSA) se mantiene en el centro de la escena por un servicio que, según denuncian los usuarios, alterna entre baja presión, agua turbia y facturas quemuchas veces no reflejan el consumo real.
El malestar no es nuevo. Pero en momentos de tensión económica se vuelve más sensible.Porque cuando el bolsillo aprieta, cada servicio básico adquiere un peso mayor en la vida cotidiana.
Ahí aparece una pregunta incómoda que tarde o temprano la política tendrá que responder: si el mercado funciona tan bien como dicen sus defensores, ¿quién protege al usuario cuando el servicio privado falla?
El dilema no es teórico. El servicio de agua potable en Posadas y Garupá está concesionado desde fines de los años noventa. Más de dos décadas después, la discusión vuelve a aparecer con una pregunta bastante simple: si el sistema no responde, ¿quién se hace cargo?
En el fútbol hay una enseñanza bastante clara para estos momentos.
Cuando el partido se vuelve áspero, cuando el rival aprieta y el resultado está en riesgo, los técnicos suelen tomar una decisión clásica: hacer jugar a los más grandes. A los que tienen experiencia. A los que saben que, en situaciones complejas, lo mejor es jugar simple. Un pase corto, otro pase seguro, mantener la pelota y ordenar el equipo.
La política provincial tal vez esté entrando en una etapa parecida.
No es tiempo de lucimientos individuales ni de movimientos improvisados. Tal vez sea momento de cerrar filas, de hacer jugar a los que conocen el oficio y de ordenar el equipo con paciencia. Porque el contexto nacional no es neutro. El avance político de La Libertad Avanza también plantea un escenario que obliga a pensar más allá de la coyuntura inmediata.
En Misiones ese fenómeno tiene además un dato concreto: en las elecciones presidenciales de 2023, Javier Milei ganó la primera vuelta con el 41% de los votos en la provincia y amplió esa diferencia en el balotaje, cuando alcanzó cerca del 57%. Ese respaldo electoral existe y sería un error político ignorarlo.
Más temprano que tarde, la política provincial tendrá que ir a buscar a ese electorado, entender qué lo empujó a votar de esa manera y qué expectativas depositó en el proyecto libertario. Porque detrás de ese voto hubo enojo, hartazgo y también una demanda de cambio que todavía sigue presente.
Las consecuencias de ese modelo ya empiezan a verse en distintos puntos del país. Y la pregunta que sobrevuela muchas discusiones locales es bastante directa: si ese proyecto avanzara con más fuerza en las provincias, ¿qué pasaría con servicios esenciales como el agua, la salud o la educación?
La respuesta del libre mercado suele ser elegante en los libros de economía. En la vida cotidiana, en cambio, la pregunta se vuelve más concreta: cuando el agua no llega o llega turbia, ¿a quién reclama el vecino?
Por eso los gestos importan, pero no alcanzan. En política, como en el fútbol, lo que define los partidos no es la jugada aislada sino la consistencia del equipo a lo largo de los noventa minutos.
Y esos minutos, en la Argentina de hoy, recién están empezando a jugarse.
Por Sergio Fernández

