Mientras la oposición provincial despereza proyectos electorales en horario de siesta y celebra reformas nacionales que prometen modernidad pero trasladan costos, Misiones sostiene otra lógica: acompañar en el Congreso para asegurar recursos y, al mismo tiempo, hacerse cargo del peso real de gobernar. Con el 62% del sistema educativo financiado con fondos propios y más de $59 mil millones mensuales destinados solo a salarios docentes, el sueño misionerista no es retórica sino administración concreta. Entre la tribuna y el timón, la diferencia está en quién discute el reglamento y quién asume la responsabilidad de que la provincia funcione.
Hay gobernadores que administran y hay gobernadores que interpretan. Mientras la política nacional suena como una orquesta desafinada, Misiones intenta sostener su propio compás.
No es épico, sí tiene mucho de persistente.
El sueño misionerista no nació ayer. Es esa idea obstinada de que la provincia puede pararse sobre sus propios pies, aun cuando el viento sopla desde Buenos Aires con fuerza desigual. Pero los sueños, como en el cine de Capra, necesitan presupuesto. Y en la Argentina actual, el presupuesto también es una declaración política.
Hugo Passalacqua lo sabe. No declama federalismo; lo ejecuta. En un país donde la Nación ajusta y redistribuye con criterios que no siempre contemplan la geografía real, Misiones financia el 62% de su sistema educativo con recursos propios. No es una metáfora: de cada diez pesos que se destinan a educación, seis salen del presupuesto provincial.
Los números, a veces, dicen más que los discursos. Al tercer trimestre de 2025, la inversión en Cultura y Educación alcanzó los $622.159 millones. De ese total, apenas el 38% provino de la Ley Nacional de Financiamiento Educativo. El resto fue esfuerzo local. Y sostener ese esfuerzo implica mucho más que pagar sueldos.
Solo en salarios docentes, la provincia destina más de $59 mil millones mensuales, incluyendo el proporcional del aguinaldo. Pero la educación no es solo salario: son comedores escolares, mobiliario, mantenimiento, construcción de aulas, funcionamiento cotidiano. Es estructura, presencia. Es Estado en el mayor sentido de la palabra.
En la antesala del inicio de clases, el dato adquiere otra dimensión. Mientras en otros distritos la discusión gira en torno a qué se recorta, Misiones sostiene. Con menos recursos nacionales, pero con decisión política.
Todos esos datos sirven porque aquí aparece la otra escena, la menos visible pero igual de determinante: el Congreso de la Nación. Los diputados y senadores del oficialismo provincial acompañan iniciativas del presidente Javier Milei. No por adhesión ideológica automática, sino por una ecuación más simple y más cruda: la provincia necesita recursos nacionales. Gobernabilidad también es eso.
En política, como en el jazz, a veces se improvisa sobre una melodía que no se eligió. Misiones apoya cuando entiende que debe hacerlo, porque la caja y la obra pública no se financian con posteos en X. Pero puertas adentro, el gobernador sostiene el timón. Es él quien asume la responsabilidad última de lo que sucede y de lo que sucederá.
Passalacqua no es un comentarista del proceso; es su protagonista. Congeló su salario como gesto en medio de la estrechez fiscal. Puede parecer simbólico, pero en tiempos de malhumor social los símbolos pesan. Más aún cuando se contraponen con escenas que desentonan.
La salida de Karina “Reina”Acosta de la directora de Turismo Social, tras la viralización de un video en una playa mexicana, mientras el clima económico aprieta, fue más que una decisión administrativa. Fue un mensaje interno. No es momento para liviandades. No es tiempo de ostentaciones. La política, cuando la sociedad ajusta, no puede vivir en otra película.
El de Reina no fue el único caso, sí el que se hizo público. Pero alcanzó para recordar que la sensibilidad también es gestión. Y que al gobernador no le gustan las notas fuera de tono cuando la partitura es compleja.
El contexto nacional es incierto. La economía no termina de acomodarse. Las provincias cargan con responsabilidades que exceden su recaudación. En ese escenario, el sueño misionerista no es una consigna romántica: es una estrategia de supervivencia.
Preparación, militancia, trayectoria. Passalacqua pilotea la tormenta con una premisa clara: sostener lo social mientras se negocia lo fiscal. Acompañar sin entregarse. Administrar sin victimizarse. Gobernar sabiendo que cada decisión tiene costo.
Como en esas viejas películas donde el capitán no abandona el puente cuando el mar se embravece, el gobernador eligió quedarse en la cabina de mando. No promete cielos despejados. Promete mantener el rumbo.
El sueño misionerista, al final, no es otra cosa que eso: la convicción de que la provincia puede atravesar la tormenta sin perder su identidad. Y que, aun cuando deba tocar al compás de una música ajena, la melodía propia no se negocia.
La siesta opositora
La siesta opositora tiene esas escenas que parecen menores hasta que uno les presta atención. Febrero, el ventilador moviendo aire tibio y la política provincial en modo ahorro de energía. Y, de pronto, por Mesa de Entradas de la Cámara de Representantes, aparece un proyecto para crear la Comisión Especial para el Estudio y Reforma del Régimen Electoral de la Provincia de Misiones. Así, sin clamor social, sin movilización ciudadana, sin urgencia que lo empuje.
La iniciativa la firma el ex policía Ramón Amarilla. Lo acompañan los radicales Santiago Koch, Francisco Fonseca y Rosi Kurtz, la macrista (todavía queda una) Analía Labandoczka y —como frutilla de una ensalada que nadie pidió— podría sumarse Héctor “Cacho” Bárbaro, del PAyS. Nada más propio de una sobremesa radical que discutir cómo se vota mientras la provincia discute cómo sostener lo que ya tiene.
El proyecto habla de estudio y reforma. Palabras nobles, académicas, casi asépticas. Pero en política el calendario es el verdadero texto oculto. Y el momento elegido dice tanto como el articulado. Porque mientras en el Congreso nacional los legisladores misioneros acompañaron con matices iniciativas del oficialismo para asegurar recursos —esa palabra poco romántica pero vital cuando hay que pagar sueldos y sostener servicios—, en la Legislatura provincial la oposición ni siquiera votó el Presupuesto de este año.
No es un detalle técnico. Es una diferencia conceptual. Una cosa es marcar disidencias. Otra es desentenderse del instrumento básico que permite que el Estado funcione. Desde la tribuna todo es más simple: no se paga la cuenta, no se ejecuta, no se gobierna.
En el plano nacional, en cambio, algunos celebran la reforma laboral como si fuera una bisagra histórica. La presentan como modernización, como salto al siglo XXI, como ruptura con viejas rigideces. Pero el libreto tiene aroma a reedición noventista, a esas películas que prometen final feliz y dejan una secuela incómoda. Las reformas estructurales pueden ser necesarias. El problema es quién absorbe el costo y cómo se financian.
Ahí aparece el Fondo de Asistencia Laboral, el FAL. Acrónimo neutro, técnico, casi tranquilizador, para explicar que el Estado y los empresarios aportarán para las indemnizaciones. Pero detrás del nombre hay una pregunta incómoda: si las indemnizaciones se financian con recursos de la ANSES y la administración queda bajo la órbita del ministerio de Economía, es decir, con la firma de Toto Caputo, ¿quién termina sosteniendo la cuenta? Traducido sin eufemismos: el riesgo empresario se diluye y el sistema previsional asume parte del impacto. Socializar el costo para liberar la decisión. Una ecuación que merece debate serio, no aplauso automático.
Y como suele ocurrir, lo que parecía letra chica terminó expuesto por un desliz bucal. El artículo 44 sobre licencias médicas casi pasa desapercibido hasta que una confesión involuntaria de Federico Sturzenegger iluminó lo que el texto ya decía. En política, a veces el error no es ocultar: es hablar de más.
Entre la reforma electoral presentada en horario de siesta y la reforma laboral celebrada con entusiasmo militante (por Diego Hartfield, por ejemplo), la oposición ensaya una coreografía curiosa: audacia en el discurso, liviandad en la responsabilidad. Reformar no es pecado. Pero hacerlo sin consensos amplios, en un contexto económico frágil y con mecanismos de financiamiento discutibles, exige algo más que convicción ideológica.
Mientras tanto, la provincia necesita que entren recursos, que el Presupuesto se ejecute, que las escuelas abran y que los hospitales funcionen. Hay quienes acompañan en el Congreso para garantizar gobernabilidad y sostener la caja. Y hay quienes prefieren discutir el reglamento del partido mientras el partido se está jugando.
La siesta es cómoda. El ventilador distrae. El verano adormece. El problema es cuando la sociedad despierta y pregunta quién votó qué, quién acompañó qué y, sobre todo, quién paga la cuenta. Ahí ya no alcanza con una comisión. Ni con una consigna.
Por Sergio Fernández

