El destino final

Cuando la agenda ya no alcanza para disimular la economía y el relato empieza a perder fuerza, el oficialismo enfrenta su propio destino. En ese escenario de consumo en caída, cifras discutidas y frentes judiciales abiertos, Misiones elige otro camino: acompañar en el Congreso lo que considera necesario, marcar límites en lo sensible y sostener la gestión en medio de la tormenta. Entre el desgaste nacional y la responsabilidad provincial, se juega algo más que una estrategia política: se define quién administra la realidad y quién apenas intenta taparla.

Hay gobiernos que administran la realidad. Y hay gobiernos que administran la agenda. Mientras la agenda funciona, todo parece bajo control. Cuando se agota, aparece lo que estaba debajo.

La sensación de estos días es esa: el oficialismo nacional empieza a quedarse sin cortina de humo. La agenda ya no alcanza para tapar la economía. Los números del Indec, que durante meses fueron celebrados como trofeos, ahora generan más preguntas que aplausos. El escándalo metodológico, la discusión sobre cómo se mide la pobreza, el descreimiento creciente incluso en voces que no pueden ser catalogadas de opositoras —como la del
periodista Marcelo Longobardi, que viene señalando la fragilidad del dato— marcan un punto de inflexión.

El relato económico fue el corazón del proyecto. Si la inflación bajaba y la pobreza caía, todo lo demás era soportable. Pero cuando el consumo registra su peor enero en veinte años, cuando los comercios sienten que no venden y la clase media se encoge en silencio, el número pierde autoridad moral. Puede ser técnicamente efendible, pero deja de ser creíble.

A eso se suma el frente judicial. La causa vinculada al escándalo de $LIBRA, que cumplió un año esta semana y sigue abierta, dejó de ser una anécdota digital para convertirse en un expediente incómodo. Los querellantes avanzan, el expediente crece y el discurso anticasta empieza a perder consistencia. Porque quienes llegaron prometiendo limpiar la casa hoy acumulan situaciones que recuerdan demasiado a aquello que decían combatir. No hay épica posible cuando la vara moral se dobla.

La discusión legislativa tampoco ayuda. La reforma laboral aparece como condición necesaria para atraer inversiones, según la narrativa oficial. Gobernabilidad, dicen. Reglas claras, repiten. Pero la pregunta empieza a girar en otro eje: ¿inversiones para quién y bajo qué condiciones? Si la macro se ordena a costa de la micro, el equilibrio es frágil. Y cuando el consumo interno se desploma, ningún inversor serio ignora ese dato.

En paralelo, el tablero político se mueve. Patricia Bullrich ya no disimula que piensa en 2027. Sabe que Javier Milei empieza a quedarse sin cartas y que el ciclo de sorpresa se agota. La ministra juega su propio partido: mide, habla, se muestra firme en el Senado, deja correr a Victoria Villarruel, enemiga íntima de Milei, sin confrontarla y, sobre todo, construye volumen propio. En la Casa Rosada lo saben. Karina Milei también.

Mauricio Macri observa. El PRO, que parecía diluido, empieza a reorganizarse alrededor de una hipótesis simple: si el libertarismo se desgasta, alguien tiene que capitalizarlo. Y ahí Bullrich aparece como figura potable, incluso para sectores internacionales que hoy miran con atención el rumbo argentino. La política no es sentimental: es oportunidad.

En Misiones el movimiento también se siente. Martín Goerling espera su momento. Silencioso, ordenado, con anclaje en el macrismo clásico, podría convertirse en la referencia provincial si el proyecto bullrichista toma cuerpo. Del otro lado, crecen los rumores de que Diego Hartfield buscaría un cargo nacional y dejaría su banca de diputado nacional. La pregunta es inevitable: ¿para qué ir a la Cámara si no se construye nada desde allí? La crítica permanente a la provincia no alcanza para generar liderazgo.

La Libertad Avanza en Misiones, con Adrián Núñez a la cabeza, muestra tensiones internas. El PRO, al menos en lo formal, conserva una coherencia que el espacio libertario todavía no logra consolidar. Un mandato alcanzó para ordenar. ¿Qué hace pensar que habrá un segundo si el desgaste ya es visible?

El problema de fondo es más simple y más profundo: gobernar solo para la partida financiera, desatendiendo la economía real, tiene consecuencias. El consumo cayó a niveles que no se veían en dos décadas. La industria es tratada como un estorbo ideológico. La clase media, que fue sostén electoral clave, empieza a preguntarse en voz baja si esto era lo que esperaba.

El presidente Javier Milei se aferra a un mundo binario y a la suerte externa. Observa a Donald Trump como referencia y respaldo simbólico. Pero la política internacional es pragmática. Si mañana surge una opción más estable, más previsible, más digerible, nadie garantiza fidelidades eternas. En ese escenario, Bullrich puede convertirse en alternativa. La política siempre prepara un plan B.

El destino final de este proceso sigue abierto. Puede consolidarse o puede deshilacharse antes de tiempo. Mientras tanto, el ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, con sus sincericidios, no ayuda. Los números del Indec, bajo sospecha, tampoco. La promesa de que la pobreza cayó choca con una percepción social distinta.

Y hay algo más delicado: la desilusión silenciosa. Muchos de los que votaron a Milei no lo admitirán públicamente, pero empiezan a sentir que la historia no está yendo hacia donde imaginaron. No es enojo todavía. Es una duda. Y en política, la duda es el principio del cambio.

El destino final no está escrito. Pero cuando la agenda ya no alcanza para tapar la realidad, el desenlace suele acelerarse. Y entonces, lo que parecía sólido se vuelve frágil. La política argentina tiene memoria. Y la sociedad, aunque tarde, también.

Acompañar en la tormenta

Hay una diferencia sutil pero decisiva entre alinearse y acompañar. Alinearse es obedecer sin matices. Acompañar es sostener lo que se considera correcto y marcar límites cuando la realidad lo exige. Misiones eligió ese segundo camino.

Mientras la economía nacional muestra señales de enfriamiento que ya no pueden maquillarse, la provincia decidió no romper. Los senadores y diputados misioneros en el Congreso vienen votando en sintonía con aquellas iniciativas que la agenda pública reclama — orden fiscal, previsibilidad, reformas estructurales— pero plantándose cuando el impacto toca fibras sensibles.

El ejemplo más claro fue el debate laboral en el Senado. Allí la provincia sostuvo una postura firme, consciente de que detrás de cada artículo hay trabajadores concretos. Lo mismo ocurrió con la ley penal juvenil: no todo lo que se impulsa desde la Nación puede trasladarse sin considerar la realidad local. Ese equilibrio no es tibieza; es responsabilidad política.

Oscar Herrera Ahuad jugó en ese esquema un rol clave. Dialoguista, técnico, con conocimiento del territorio, entiende que el Congreso no es un ring sino un espacio de negociación permanente. En tiempos de maximalismos, esa conducta se vuelve un activo.

Pero el acompañamiento institucional no elimina el diagnóstico económico. Los datos empiezan a acumularse: caída del consumo de carne a niveles históricamente bajos, supermercados con ventas retraídas, empresas lácteas reduciendo producción, industria alimentaria ajustando turnos. El número puede ser defendido desde la macroeconomía, pero la micro empieza a mostrar fatiga.

En Misiones la crisis tiene nombre propio. Yerbateros que reclaman precios justos y reglas claras. Tabacaleros que sienten que el mercado se achica y que las promesas de competitividad no alcanzan. Comerciantes de Posadas que ya no hablan de temporada floja, sino de meses difíciles. No es solo la ropa. Es el consumo en general.

Hay todavía quienes prefieren creer que la tormenta es pasajera o que el problema es exclusivamente de otros sectores. Pero la crisis nacional golpea puertas que hasta hace poco parecían protegidas. Y negar el ruido no lo hace desaparecer.

Ahí aparece el desafío de los gobiernos provinciales. Hugo Passalacqua lo entendió desde el primer día: hacerse cargo de lo que corresponde y no delegar responsabilidades. Administrar con recursos propios, sostener servicios esenciales y reclamar lo que Nación adeuda sin convertir cada diferencia en una batalla pública.

Porque el problema no es solo la coparticipación o los fondos retenidos. En varias provincias —Chubut, Córdoba, Buenos Aires— se repite un patrón: organismos nacionales que no cumplen con su función. El PAMI es un ejemplo sensible. Cuando la obra social falla, el reclamo se dirige al gobernador, aunque la responsabilidad sea nacional. Esa ausencia de gestión también es una forma de ajuste.

Mientras tanto, el ecosistema libertario exhibe tensiones propias. El influencer Matías Garat pidió abiertamente una cruzada libertaria para conseguir 22 millones de pesos para una prótesis. El argumento: que el Estado tarda mucho y los privados cambian el precio constantemente. El que se auto define como el brazo armado del Gordo Dan ligó miles de comentarios desde las propias cloacas libertarias. La escena es reveladora: el discurso de autosuficiencia choca con la realidad de un sistema que no responde a tiempo.

La interna libertaria no es menor. Muestra que la cohesión no es automática y que el desgaste económico empieza a generar fisuras. Cuando la economía no mejora, las diferencias se amplifican.

Misiones, mientras tanto, opta por la racionalidad. Acompaña cuando entiende que es necesario, marca límites cuando la agenda lo exige y administra con prudencia en medio de un contexto nacional incierto.

El desafío no es ideológico. Es práctico. Cómo sostener producción, empleo y consumo en una economía que se enfría. Cómo evitar que la crisis de los yerbateros y tabacaleros se profundice. Cómo contener a comerciantes que sienten que venden cada vez menos.

La política provincial parece haber elegido una estrategia: equilibrio, gestión y defensa del interés local sin romper puentes. En tiempos de extremos, ese camino puede parecer menos ruidoso. Pero es el que permite atravesar la tormenta sin dinamitar el propio barco.

La economía nacional padece errores evidentes. En el Congreso, Misiones acompaña con matices. Las provincias absorben el impacto. Y la sociedad, silenciosa, observa. Acompañar en la tormenta no es lo mismo que negar la lluvia. Es sostener el rumbo sabiendo que el cielo todavía no despeja.

Por Sergio Fernández