La política del silencio

En Misiones, las piezas se acomodan sin necesidad de que las cámaras estén mirando. En Buenos Aires, mientras tanto, el emperador sigue desfilando y todos fingen ver el traje. El caso Adorni es apenas el último episodio de una lógica que el gobierno nacional juró combatir y que ahora, sin sonrojarse, reproduce. Acá, silencio y construcción. Allá, ruido y desnudez. Un contraste cada vez más difícil de disimular.

Hay épocas donde la política se parece a una carrera de autos. Todo es velocidad, ruido, aceleración permanente y la sensación de que quien frena pierde. La Argentina atraviesa uno de esos momentos. La discusión pública nacional se volvió una competencia de agravios donde importa más el volumen que el contenido. Misiones, curiosamente, parece estar recorriendo otro camino. Un camino más silencioso.

No porque viva aislada de los problemas del país. Al contrario. La caída del consumo, la pérdida del poder adquisitivo y la incertidumbre económica golpean igual que en cualquier otra provincia. La diferencia aparece en la forma de responder. Mientras buena parte de la dirigencia nacional sigue atrapada en la lógica de la confrontación permanente —esa que necesita declaraciones explosivas cada dos horas— acá empezó a consolidarse una idea distinta: construir la próxima etapa sin necesidad de dinamitar la anterior. Y hacerlo, sobre todo, sin necesidad de gritarlo.

La historia política argentina está llena de procesos que intentaron renovarse destruyendo todo lo que existía antes. Como si cada generación estuviera obligada a empezar de cero. Como si la única forma de avanzar fuera negar lo construido. Encuentro Misionero, en cambio, parece partir de otra premisa. La política del silencio no significa pasividad. Significa que las piezas se acomodan sin necesidad de que las cámaras estén mirando.

La obtención de la personería política del espacio terminó de formalizar algo que ya venía ocurriendo desde hace meses. No es simplemente un cambio de nombre respecto del Frente Renovador —que ya es un dato— sino una apuesta más profunda: abrir una nueva etapa manteniendo una identidad política reconocible. Por eso el énfasis aparece puesto en conceptos como participación, territorialidad, cercanía y renovación. En criollo: no empezar de cero, pero tampoco quedarse quieto. Y todo esto, vale notarlo, sin ningún comunicado altisonante.

La construcción en los 79 municipios, las cumbres regionales, los encuentros legislativos, las reuniones sectoriales y la incorporación de nuevos dirigentes responden a una misma lógica: generar volumen político desde abajo hacia arriba. Es una estrategia que tiene sentido en una época donde la desconfianza hacia la política crece. Mientras algunos espacios reducen su actividad a las redes sociales o a las discusiones televisivas —esa fábrica inagotable de ruido— Encuentro Misionero intenta fortalecer algo bastante más antiguo: la presencia territorial. La política, después de todo, sigue ocurriendo donde vive la gente. Y ahí, el silencio no existe. Lo que existe es el trabajo.

Por eso también resulta interesante observar el lugar que ocupa la juventud dentro de esta nueva etapa. No solamente porque aparezcan dirigentes jóvenes —eso sería una mirada demasiado superficial— sino porque la juventud parece ser entendida como una actitud frente al futuro más que como una cuestión de edad. Hay profesionales, estudiantes, emprendedores y trabajadores que empiezan a ocupar espacios de participación política sin provenir necesariamente de las estructuras tradicionales. Llegan sin hacer ruido. Pero llegan.

Jorge Luis Borges escribió alguna vez que uno termina siendo aquello que hizo con el tiempo que le tocó vivir. La frase podría aplicarse perfectamente a los procesos políticos. Ninguna fuerza puede sostenerse durante décadas si no logra interpretar los cambios de la sociedad que representa. Y los cambios existen. Cambiaron las formas de comunicarse, las expectativas de los jóvenes, las demandas sociales y la relación entre los ciudadanos y el Estado. La política que no entiende eso termina hablando sola. Sola y, a menudo, al pedo. La política del silencio, en cambio, escucha.

En ese contexto debe leerse también el rol de Carlos Rovira. Su influencia sigue siendo determinante dentro del misionerismo, pero las señales que viene transmitiendo apuntan menos a las personas y más al funcionamiento colectivo. Cuando habló sobre los peligros del ego y las mezquindades, no pareció una reflexión casual. En un país donde abundan los proyectos construidos alrededor de una sola figura —con el desastre que eso suele traer— el mensaje apuntó hacia otro lugar: la necesidad de que las ambiciones individuales no terminen debilitando los objetivos comunes. Dicho de otro modo: que nadie se crea más importante que el conjunto. Y que el silencio, a veces, es más elocuente que cualquier declaración.

También por eso adquiere relevancia la decisión de Hugo Passalacqua de avanzar hacia una revisión de la estructura estatal con vistas al Presupuesto 2027. No es solamente una cuestión administrativa. Es una señal política. Implica reconocer que incluso los modelos exitosos necesitan corregirse, actualizarse y adaptarse a nuevas realidades. La comodidad, en política, suele ser el principio del deterioro. Dicho más claro: dormirse en los laureles es una forma elegante de empezar a perder. Y no hace falta anunciarlo con bombos y platillos. Basta con hacerlo.

Y quizás ahí aparezca uno de los rasgos más interesantes del momento actual. La discusión no gira alrededor de una ruptura. Gira alrededor de una adaptación. No se habla de abandonar una identidad política. Se habla de encontrar la forma de mantenerla vigente en un contexto completamente distinto al que le dio origen. Todo esto, claro, sin la necesidad de convertir cada paso en un titular.

Porque en una Argentina donde cada proceso parece obligado a nacer destruyendo al anterior —especie de maldición nacional— Misiones intenta recorrer un camino menos estridente. La verdadera incógnita, entonces, no pasa por el nombre de un partido ni por el reparto de cargos. Pasa por algo bastante más complejo: si es posible renovar sin romper, incorporar nuevas generaciones sin despreciar la experiencia, construir futuro sin convertir el pasado en enemigo.

La respuesta todavía está en desarrollo. Pero buena parte de los movimientos políticos de los últimos meses parecen apuntar exactamente en esa dirección. Y eso, en un país donde la política suele parecerse más a un derrape que a una construcción, ya es una novedad. Una novedad silenciosa, para variar.

El traje de Adorni

Hans Christian Andersen lo contó hace dos siglos, pero la historia sigue sobreviviendo porque explica demasiado bien ciertos momentos de la política. Dos estafadores convencen a un emperador que confeccionaron un traje extraordinario, invisible para los tontos y los incapaces. Nadie quiere admitir que no lo ve. Los ministros lo elogian, los cortesanos lo celebran y el emperador sale a desfilar desnudo frente a todo el reino. La ficción se sostiene hasta que un niño dice lo evidente.

Manuel Adorni presentó su declaración jurada. Lejos de despejar dudas, abrió nuevas preguntas. La reacción del gobierno, sin embargo, no fue responderlas con claridad. Fue construir una defensa cerrada, casi emocional. Los hermanos Javier y Karina Milei lo respaldaron públicamente. Lo acompañaron en actividades oficiales. Lo sostuvieron en la reunión de gabinete. Como si el problema fuera la existencia de preguntas y no la necesidad de responderlas. Curioso, para alguien que llegó prometiendo transparencia.

Milei construyó buena parte de su capital político denunciando la casta, los privilegios, las prácticas opacas. Cada nuevo escándalo, sin embargo, parece acercar más a su gobierno a las conductas que juró combatir. El caso Adorni no es un hecho aislado. Se suma a una cadena que incluye contradicciones patrimoniales, explicaciones poco convincentes y el escándalo de Libra. La diferencia es que ahora los protagonistas son otros. Pero el libreto empieza a sonar conocido.

Lo más preocupante, en realidad, no es la denuncia. En democracia las denuncias aparecen, se investigan y se esclarecen. Lo preocupante es la reacción. Porque cuando el poder responde cerrando filas antes que aclarando hechos, transmite una sensación bastante clara: la lealtad importa más que la transparencia. Y ahí, dicho sea de paso, la responsabilidad ya no es de Adorni. Es de Milei.

Porque fue Milei quien pidió un estándar más alto. Fue Milei quien prometió que su gobierno sería distinto. Fue Milei quien construyó una narrativa basada en la superioridad moral frente a la dirigencia tradicional. No puede ahora, sin ponerse colorado, actuar como si nada de eso hubiera existido. O puede, claro. De hecho lo hace. El problema es que la gente mira.

La política argentina está llena de funcionarios que intentaron explicar lo inexplicable. Algunos lograron sobrevivir un tiempo. Ninguno pudo hacerlo para siempre. Porque la sociedad argentina puede tolerar errores, incluso puede tolerar fracasos. Lo que suele castigar con más dureza es la sensación de que la toman por ingenua. Y cuando eso ocurre, el relato, por más que lo repitan, no alcanza.

Por Sergio Fernández