Gracias por nada

Entre el show nacional y la gestión local se abre un contraste nítido. Mientras Milei insiste en discursos de impacto, enemigos reciclados y agradecimientos irónicos a un pasado que hizo posible su presidencia, en Misiones la política eligió otro camino: reducir estructuras propias y administrar cada peso sin nombrar la palabra incómoda (ajuste). Gracias por nada resume el ruido de arriba; eficiencia explica lo que ocurre abajo.

Dos respuestas frente a la misma crisis. Una habla. La otra hace. En la apertura de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación, el presidente Javier Milei volvió a elegir el camino más cómodo: agradecerse a sí mismo y señalar un enemigo. El adversario fue, otra vez, el kirchnerismo. No como balance histórico ni como análisis serio del pasado, sino como punching ball discursivo. “Vinimos a terminar con el modelo kirchnerista que destruyó la Argentina”, repitió desde el atril, convencido de que el eco de la frase todavía alcanza para ordenar el presente.

La escena dejó una sensación conocida. Milei hablando del ayer, del fracaso del populismo, de la casta que empobreció al país, mientras esquiva cualquier referencia concreta a los efectos actuales de su propio
programa. Fue como ver el meme de Krusty el Payaso golpeando a un personaje que ya está en el piso en Los Simpson. No hay epopeya en eso. Hay insistencia. Y cierta desesperación por seguir peleando con un pasado
que ya no gobierna, pero sigue siendo útil como cortina de humo.

La ironía es evidente y profunda. Porque si Milei está donde está, es en gran parte gracias al kirchnerismo. No pese a él, sino por él. Durante años, ese espacio político vació la discusión pública, redujo la política a consignas que pretendían peronismo pero desparramaban progresismo de izquierda y convirtió la gestión en relato. En ese terreno fértil nació el outsider ideal: alguien capaz de gritar la casta tiene miedo, prometer dinamitar todo y ofrecerse como lo opuesto a lo que había. Milei no cayó del cielo. Fue una consecuencia.

Por eso, cuando vuelve a golpear al kirchnerismo desde el Congreso, la escena resulta ingrata. Golpea a quien ya no gobierna, pero al mismo tiempo lo necesita para existir discursivamente. Milei sin kirchnerismo es un presidente sin antagonista. Y sin antagonista, su relato se queda sin motor.

Hay además un parentesco incómodo que atraviesa todo el discurso. En muchos aspectos, Milei y Cristina Kirchner se parecen más de lo que ambos admitirían. La lógica amigo-enemigo, la centralidad absoluta del liderazgo, el desprecio por la intermediación y la idea de que quien no acompaña, estorba. Del modelo nacional y popular se pasó a libertad y motosierra—, pero el método es familiar. Milei lo dijo sin rodeos: “No hay lugar para medias tintas”. Cristina pensaba igual, solo que lo decía con otro tono.

En materia económica, el Presidente insistió en que la inflación está en proceso de extinción y que el ajuste ya pasó. Dicho así, desde el recinto, suena ordenado. Afuera, la realidad es menos amable: consumo que no
reacciona, salarios que corren de atrás y comercios que venden cada vez menos, cuando no terminan por bajar las persianas. La épica del sacrificio empieza a chocar con la heladera vacía. Y cuando eso ocurre, no hay discurso que aguante demasiado.

Como si el frente interno no alcanzara, Milei decidió sumar uno externo. El apoyo explícito al accionar de Estados Unidos e Israel contra Irán fue presentado como una cuestión de valores. “Argentina vuelve a pararse del lado correcto de la historia”, afirmó. La frase suena firme, pero omite un dato esencial: Argentina ya fue víctima del terrorismo iraní. Los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA no son abstracciones geopolíticas. Son heridas abiertas. Involucrarse sin necesidad en conflictos ajenos no es coraje. Es irresponsabilidad.

En ese punto, el Presidente volvió a mostrar una desconexión preocupante entre el gesto y sus consecuencias. Argentina no gana nada subiendo a guerras que no son propias. Por el contrario, arriesga mucho. Pero la prudencia nunca fue parte del personaje.

Porque Milei gobierna desde la exageración y la certeza absoluta. Desde una idea de sí mismo que necesita aplauso permanente. En ese registro, su figura se parece menos a la de un estadista y más a la de Ricardo Fort,
aquel empresario chocolatero que se hizo famoso exhibiendo su vida sin tapujos: exceso de ego, frases efectistas, puesta en escena constante (la más parecida es la de movilizarse con un ejército de guardaespaldas) y una fe ciega en que el show reemplaza a la gestión.

El problema es que la política no es un escenario infinito. Cuando baja el telón, queda la realidad. Y la realidad ya no se tapa solo con enemigos reciclados ni con el no hay plata, repetido como mantra para justificarlo todo durante su primer año de gestión. Golpear al kirchnerismo ordena a los propios, pero no explica por qué la vida cotidiana es hoy más cuesta arriba para muchos.

La paradoja es completa: Milei necesita al kirchnerismo para existir discursivamente, del mismo modo que el kirchnerismo necesitó al hartazgo social para sobrevivir. Se retroalimentan. Se explican. Se parecen. Y en esa simetría incómoda, la política argentina sigue girando sobre sí misma.

El Presidente parece no verlo. O lo ve y lo usa. Mientras tanto, el país real —el que no aplaude en el recinto— empieza a escuchar con menos entusiasmo y más cansancio. Porque cuando se termina el enemigo, se
apagan los lemas, pasan los meses y queda una sensación difícil de disimular: gracias por nada.

Eficiencia

Durante la apertura de sesiones ordinarias del Honorable Concejo Deliberante de Posadas, el intendente Leonardo “Lalo” Stelatto dejó una sensación política tan nítida como incómoda: durante más de una hora se habló de gestión, modernización, eficiencia y responsabilidad fiscal, pero nunca de ajuste. Y, sin embargo, el ajuste estuvo ahí todo el tiempo, respirando entre líneas.

El tono fue técnico, casi administrativo. Un discurso sin dramatismo ni gestos enfáticos. El diagnóstico, en cambio, fue explícito: el contexto económico nacional es complejo, afecta a todos y empuja a las familias a hacer sacrificios. Esa frase, dicha con sobriedad, funcionó como aviso previo. No hacía falta levantar la voz para entender lo que venía. Los antecedentes del año pasado también funcionaron como un presagio de hacia dónde apuntaría la palabra oficial.

La idea central apareció rápido y se repitió como un mantra: administrar cada peso con criterio. Enunciado así, nadie podría objetarlo. La política empieza a ponerse interesante cuando esa consigna baja a tierra.

Ahí apareció el dato clave: la reducción de la estructura política del municipio, la que se puso en marcha en el segundo semestre de 2025. De doce secretarías a siete. Eliminación de direcciones. Un 40% menos en la
cúpula del Ejecutivo. Presentado como reorganización, leído sin eufemismos, es un recorte. Un ajuste, aunque dicho en voz baja.

La aclaración llegó enseguida y no fue casual: se preservaron los puestos de los trabajadores municipales. El bisturí fue selectivo. El esfuerzo se concentró arriba para no detonar conflictos abajo. Un ajuste quirúrgico, políticamente racional, según la explicación del ingeniero.

La modernización tecnológica terminó de cerrar el relato. Digitalización de expedientes, Boletín Oficial Digital, menos papeles, menos tiempos muertos. La eficiencia apareció como argumento legitimador. En este clima de época, donde las palabras cargan un peso simbólico capaz de generar daños difíciles de anticipar, decir que se modernizó resulta mucho más digerible que decir que se recortó.

Algo similar ocurrió con la política tributaria. Mientras a nivel nacional el equilibrio fiscal suele venir de la mano de sostener la presión impositiva (aunque discursivamente se insiste en instalar lo contrario), el municipio eligió destacar la eliminación de trece tasas. Menos ingresos propios en un contexto restrictivo, compensados con un Estado local más liviano por dentro. La ecuación quedó implícita, nunca formulada del todo.

Hacia el final, una frase buscó cerrar el círculo: el esfuerzo del vecino se administra con criterio. Tranquiliza, pero también define el tiempo político que se vive. Ya no se promete expansión. Se promete control.

Ese mismo clima empezó a sentirse también a nivel provincial. En la semana, el gobernador Hugo Passalacqua dispuso la supresión de direcciones, secretarías y otras unidades administrativas mediante el Decreto 267/ 2026. No hubo anuncio ruidoso ni conferencia explicativa. Hubo decreto. Y decisión.

Seguramente en los próximos días se conocerán los nombres de los trabajadores que formaban parte de esas oficinas eliminadas. El dato no es menor. Ajustar hacia adentro del propio gobierno siempre es más incómodo que señalar recortes ajenos. Implica asumir costos políticos propios, desarmar estructuras creadas por la misma gestión y admitir que el margen ya no permite sostener todo.

Ahí aparece el gesto político de fondo. Cuando el ajuste se aplica primero sobre la estructura del poder y no sobre el tejido social, el mensaje cambia. No se trata de un recorte declamado ni de una frase de ocasión, sino de una redefinición silenciosa del tamaño del Estado posible en este contexto.

No hubo crisis declamada ni relato del sacrificio. Tampoco anuncios ruidosos. Hubo orden, contención y palabras medidas. La política, esta vez, eligió no nombrar aquello que hizo.

La paradoja es clara: el ajuste no desapareció. Cambió de lenguaje. En la política local y provincial contemporánea, ya no se dice ajuste. Ahora se llama eficiencia.

Por Sergio Fernández