Milei sigue sumando puntos en común con la casta a la que prometió combatir. Dibujar los números del INDEC es una tentación difícil de evitar para un gobierno que vive del relato, como otros del pasado reciente. La lógica de Laclau se mantiene intacta. En Misiones la impronta Neo y la gestión sostienen el complejo día a día de una economía que no arranca.
Hay votantes que no gritan. No militan. No escriben en redes. Son los que un día dejaron de creer en lo que venían acompañando y, casi en silencio, probaron otra cosa. En Misiones son muchos. Personas que alguna vez eligieron al Frente Renovador y que hoy sostienen, con paciencia y tolerancia, decisiones del presidente Javier Milei que tiempo atrás hubieran rechazado sin dudar. A ellos está dirigido este texto. No para discutirles el voto. Mucho menos para juzgarlo. Sino para detenerse un momento y mirar juntos una escena concreta: la inflación.
Porque la inflación no es un concepto técnico. Es una experiencia cotidiana. Vive en el changuito y en el sueldo que alcanza menos de lo que dicen los números. Y cuando los números no coinciden con la experiencia, algo se rompe. No de golpe, pero se fisura. La inflación no se discute en conferencias de prensa. Se discute en silencio, frente a una vidriera. Ahí donde alguien mira una remera, hace una cuenta rápida y sigue caminando. No porque no
la quiera, sino porque no puede.
Por eso hay algo que no termina de cerrar cuando el Gobierno anuncia, a través de su Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, que la inflación está derrotada. No hace falta ser economista para advertir la distancia entre el número que baja y la vida que no afloja. Basta con salir a la calle, con intentar vestirse o lo más básico del ser humano: comer. El dato oficial dice una cosa. La experiencia cotidiana, otra. Y cuando esa brecha se vuelve persistente, el problema ya no es técnico, es político.
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) mide lo que puede —o lo que decide— medir. Durante años se cuestionó al kirchnerismo por manipular el índice, por usar una canasta de consumo desactualizada, por esconder la inflación detrás de metodologías que ya no representaban a la sociedad real. Hoy, con otro gobierno y otro discurso, la escena se repite con un lenguaje distinto pero con una lógica inquietantemente similar.
Un ejemplo alcanza para entenderlo: la ropa.
Luis “Toto” Caputo, el ministro de Economía de Milei, dijo sin rodeos que no compra indumentaria en la Argentina (luego se sumó también, como siempre, Patricia Bullrich). No fue una anécdota menor. Fue una definición. Mientras el índice celebra la baja de precios, la industria textil atraviesa una de las peores crisis de su historia reciente. No es percepción. Son fábricas cerradas y empleos que se pierden.
La actividad textil se desplomó. La capacidad instalada ronda niveles mínimos. Miles de trabajadores quedaron afuera del sistema. Pero ese derrumbe no pesa lo mismo en la medición de la inflación que el precio de un producto importado más barato. El índice sonríe. La industria no.
En Misiones, esa distancia entre el número y la realidad dejó de ser abstracta esta semana. En Eldorado, la planta de Dass despidió a 43 trabajadores. No fue un reordenamiento ni una optimización. Fueron 43 personas que se quedaron sin el sustento para sus familias. Para ellos y para la mayoría del pueblo argentino, la inflación no está derrotada. Está intacta. Vive en la incertidumbre del mes que viene y en el consumo que ahora está condicionado por las urgencias.
Desde el Gobierno se repite que importar más barato beneficia al consumidor. El argumento puede cerrar en un gráfico. Pero en la economía real, cuando una fábrica cierra, el consumo no se redistribuye: se cae. No hay precio bajo que compense un salario que desaparece.
No es una cuestión ideológica sino de método. Cambiaron los protagonistas, cambió el tono, cambió la estética. Pero la tentación de acomodar la estadística para sostener un discurso sigue intacta. Hasta el WallStreet Journal cuestionó los números de Milei.
Ahí es donde el relato empieza a parecerse demasiado a otros relatos. Antes se criticaba al kirchnerismo por dibujar la inflación para licuar jubilaciones y salarios. Hoy, con un índice quirúrgicamente ajustado, sucede algo parecido: el número frena aumentos, ordena paritarias a la baja y permite decir que el problema está resuelto, aunque la calle diga lo contrario.
Aquí aparece el punto de contacto más incómodo: el uso del relato como herramienta central de poder. Aquello que se cuestionó durante años hoy se replica con convicción. Cambió el signo político, no la metodología. El adversario ahora es otro, pero la construcción del nosotros versus el ellos, sigue intacta.
Ernesto Laclau, ideólogo favorito del pensamiento K, lo explicó hace décadas: no hay proyecto político sin antagonismo. El kirchnerismo lo practicó sin pudor. El mileísmo lo retomó con entusiasmo. Amigo y enemigo. Leales y traidores. Puros e impuros. La diferencia es de tono, no de estructura.
Mientras tanto, la política se fue vaciando de humanidad. Se habla de números, no de personas. De mercados, no de familias. De equilibrios macroeconómicos, no de vidas concretas. La deshumanización se volvió una marca de época.
Hay verdades que pueden retrasarse, pero no esconderse. El sol, la luna y la verdad no se tapan demasiado tiempo. Y cuando la verdad aparece, suele hacerlo sin épica, sin anuncios y sin etiquetas en redes sociales. Y la vida, tarde o temprano, siempre desmiente a los números cuando estos se despegan demasiado de la realidad.
El pulso misionero
Mientras la política nacional se consume en gritos y consignas recicladas, Misiones ensaya otra cosa: una lectura más fina de su propio tiempo. Esta semana, se conoció que el gobernador, Hugo Passalacqua, se ubicó en el top five de los mandatarios provinciales con mejor imagen del país, según el último informe de la consultora cordobesa CB Global Data. Con el 54,7% de imagen positiva, Passalacqua, aparece en quinto lugar en el ranking de febrero de 2026 de la consultora que dirige el analista Cristian Buttié, y que ubica en la cima del podio al gobernador
sanjuanino Marcelo Orrego, con el 60,1% de valoración positiva.
En el mapa político local aparece Sebastián Macías, presidente de la Cámara de Representantes, como una figura que empieza a ordenar el tablero. No desde el estruendo, sino desde la gestión. Macías conoce el territorio porque lo recorrió con planos, rutas y decisiones concretas cuando presidió la Dirección Provincial de Vialidad. Sabe que la política no se declama: se construye, kilómetro a kilómetro.
Hoy se prepara para ser la cara visible de la Legislatura con una impronta Neo, moderna, profesional. Un dirigente de perfil bajo, formación técnica, hombre de familia, también presidente del Club Bartolomé Mitre, donde aprendió que conducir no es mandar, sino sostener. Su radiografía política es clara: institucionalidad, orden y gestión como lenguaje.
En el Ejecutivo, Carlos “Kako” Sartori sigue cumpliendo un rol que contiene, escucha y articula. Esta semana reunió a intendentes del norte provincial, una región donde las urgencias no esperan discursos. Sartori entiende que gobernar Misiones implica mantener el equilibrio entre realidades muy distintas, sin romper el hilo que une a la provincia de punta a punta. Ese trabajo silencioso también es poder.
En contraste, hay momentos en los que la política exige algo más que administración. Exige humanidad. Lucas Romero Spinelli lo entendió así cuando decidió hablar, rápido y sin rodeos, tras la difusión de un nuevo caso de abuso sexual contra un menor en Posadas. No eligió el silencio cómodo ni el comunicado frío.
Apareció conmovido y shockeado. Dijo lo que había que decir. Que el daño es irreparable. Que hay que actuar con rapidez. Que la burocracia no puede ser un obstáculo cuando hay una víctima. En tiempos de discursos deshumanizados, ese gesto tuvo peso. Porque a veces la política también es poner el cuerpo cuando la realidad duele.
Todo esto ocurre mientras, desde Buenos Aires, algunos pretenden vender una idea abstracta de libertad que no resiste la prueba del mostrador. Diego Hartfield, diputado nacional por La Libertad Avanza, encarna ese costado oscuro de la antipolítica: repetir consignas mientras la economía real se enfría.
En Misiones ya se escucha con claridad. Comerciantes que no venden. Negocios vacíos. Clase media ajustando hasta lo imposible. La libertad prometida se parece cada vez más a un sálvese quien pueda, donde el mercado decide y el Estado se borra. No hay épica ahí. Hay angustia.
La política provincial, con todas sus imperfecciones, parece haber entendido algo que otros todavía niegan: sin gestión, sin presencia y sin sensibilidad social, no hay relato que aguante. Y mucho menos una economía que funcione.
Misiones late con su propio pulso. No niega la realidad nacional, pero no se entrega a ella. Observa, corrige y sostiene. En tiempos de discursos extremos, ese equilibrio —tan poco glamoroso— empieza a ser una rareza valiosa. Y quizá, también, una lección.
Por Sergio Fernández

