El lado oculto de los libertarios misioneros

Entre el discurso libertario que no logra bajar a la realidad, una política que se encierra en sus propias discusiones y un sistema de transporte que expone años de privilegios sin control, Misiones muestra su propio lado oculto: el desfasaje entre lo que se debate y lo que la sociedad necesita. Cuando la agenda política pierde contacto con la vida cotidiana, lo que aparece no es solo crisis, sino algo más profundo: una pérdida de sentido.

Cuando la NASA volvió a mirar la Luna con el Artemis program, no lo hizo para repetir lo ya conocido, sino para avanzar sobre lo que nunca se ve: el lado oculto. Ese hemisferio que siempre queda fuera de la mirada directa, donde las condiciones son distintas y los mapas todavía son incompletos. La lógica es simple: entender lo que no se muestra también es parte de comprender el todo. En política, ese lado oculto también existe. Y en Misiones empieza a quedar más expuesto de lo que algunos quisieran.

El discurso libertario en la provincia se presenta ordenado, con ejes claros: reformas institucionales, desregulación económica, reducción del gasto. En los papeles, la propuesta de Adrián Núñez, diputado provincial y presidente del partido de los hermanos Milei en la provincia, tiene coherencia interna. Derogación de la Ley de Lemas, boleta única, ficha limpia. Menos Estado, menos impuestos, menos intervención. Un esquema que replica, casi sin matices, la matriz nacional.

El problema aparece cuando ese programa baja a tierra.

Porque mientras se discuten reformas estructurales, la economía real aprieta. Y en ese contexto, la definición de Núñez sobre el sector yerbatero —un reacomodamiento más que una crisis— no solo genera ruido: marca una distancia. No es un debate técnico. Es una diferencia de lectura sobre lo que está pasando en la calle.

Ahí es donde el lado oculto empieza a asomar.

Los libertarios misioneros construyeron buena parte de su presencia en redes. Instalación, volumen, confrontación. Funciona para marcar agenda, para incomodar, incluso para amplificar. Pero hay un límite: el humor digital no siempre refleja el humor social.

Los genios de la big data pueden detectar tendencias, amplificar consignas, sostener climas. Pero no reemplazan la realidad. Y cuando la realidad aprieta —precios, producción, ingresos— la distancia entre lo que se dice y lo que se vive se vuelve más evidente.

En ese punto, la política deja de ser narrativa y pasa a ser responsabilidad.

Y ahí aparece otro dato. Mientras algunos eligen sostener una posición ideológica rígida, otros empiezan a ocupar un rol más activo. Lucas Romero Spinelli, vicegobernador de la provincia, salió a responder, casi en soledad. No desde la confrontación vacía, sino desde una lectura distinta del conflicto. Marcó que negar la crisis implica representar a pocos. Y en ese gesto, más que una respuesta puntual, apareció una definición política.

Porque en momentos de tensión, el silencio también es una decisión.

Lo que mostró Romero Spinelli fue otra cosa: alguien que entiende que hay que hacerse cargo. Que el poder no es solo ocupar un lugar, sino intervenir cuando el escenario lo exige. En un contexto donde muchos dudan o especulan, esa actitud empieza a pesar.

El trasfondo de esta discusión es más profundo. No se trata solo de la yerba, aunque la yerba funcione como símbolo. Es un modelo. De un lado, la idea de que el mercado ordena todo. Del otro, la necesidad de reconocer que hay realidades que no esperan teorías.

Y mientras eso ocurre, el escenario nacional empieza a cambiar. La figura de Milei ya no tiene la misma solidez inicial. El desgaste aparece. La economía no termina de acomodarse. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué pasa con los que construyeron su identidad política exclusivamente en ese paraguas?

Porque si ese paraguas se achica, el resto queda a la intemperie.

Ahí es donde la política se vuelve más cruda. Ya no alcanza con repetir consignas. Hay que sostener posiciones propias. Y eso implica riesgo.

Lo que también empieza a quedar en evidencia es que muchas de las propuestas libertarias no están hoy en el centro de las preocupaciones de los misioneros. La discusión sobre la Ley de Lemas o la boleta única puede ser relevante en términos institucionales, pero no aparece en la urgencia cotidiana. Lo urgente pasa por otro lado: ingresos, costos, producción. La heladera habla y su voz se escucha cada vez con más fuerza. Cuando la agenda política no coincide con la agenda social, algo se rompe.

En ese punto, el desafío no es menor. Porque obliga a redefinir prioridades. A bajar el discurso a la realidad. A entender que la política no se mide solo en términos de coherencia ideológica, sino también de capacidad de respuesta.

Hay, además, un movimiento más silencioso. Menos visible, pero no por eso menos importante. En momentos donde el ruido crece, hay sectores que empiezan a buscar referencias más estables. Voces que ordenen, que expliquen, que marquen un rumbo. No siempre se dice en voz alta, pero aparece en las conversaciones, en los gestos, en los repliegues.

Ahí es donde algunos vuelven a mirar hacia donde históricamente se tomaron decisiones de fondo. Sin estridencias. Sin necesidad de exposición permanente. Apenas como una referencia que sigue estando.

Como en la Luna, lo más interesante no siempre está en lo que se ilumina. El lado visible puede ser atractivo, incluso convincente. Pero es en el lado oculto donde se definen muchas cosas.

En la política misionera, ese lado oculto empieza a mostrarse. Y cuando eso pasa, el desafío ya no es solo explicar lo que se ve. Es hacerse cargo de lo que antes se prefería no mirar.

Pasajeros

Esta semana los usuarios del sistema de transporte público de pasajeros fueron convertidos, una vez más, en rehenes de un esquema que durante años nadie quiso revisar a fondo.

El paro dejó sin servicio a buena parte de la provincia. Posadas, Garupá, Candelaria y Oberá quedaron paralizadas por una decisión empresarial que expuso algo más profundo que un conflicto salarial. Las líneas, operadas por el grupo de la familia Zbikoski —con Don Casimiro como emblema— frenaron en medio de una disputa por fondos que, según ellos, no llegaron y debían ser utilizados para el pago de los salarios de sus trabajadores. En el medio quedaron los usuarios.

El problema no empezó esta semana. Se acumuló durante años. Durante mucho tiempo, el sistema funcionó bajo una lógica conocida: subsidios estatales, controles débiles y márgenes que beneficiaron más a los empresarios que al servicio. El Estado no solo acompañó: en muchos casos, garantizó rentabilidad sin exigir demasiado a cambio.

Ahí aparece una pregunta incómoda. Si la economía funcionaba como se decía en los años del kirchnerismo —con Cristina Fernández de Kirchner como principal referencia—, ¿por qué el sistema necesitó sostenerse con subsidios permanentes? La respuesta es evidente: el equilibrio nunca fue real. Fue asistido.

Lo que dijo Julio Piumato en una entrevista esta semana en Canal 4 Posadas, ayuda a entender el trasfondo. La experiencia libertaria no surgió de la nada. Llegó como consecuencia de las deficiencias acumuladas de los gobiernos anteriores. Y el transporte público es un ejemplo concreto de ese proceso. Cuando un servicio esencial depende de transferencias constantes para sostenerse, el problema no es coyuntural. Es estructural.

Lo que terminó de quedar expuesto con la llegada de Javier Milei y sus recortes es el modelo. Un capitalismo de amigos donde el riesgo se socializó y la ganancia se concentró. Durante años, el negocio funcionó bajo esa lógica. Cuando los números cerraban, nadie discutía. Cuando dejaron de cerrar, apareció el conflicto.

Y en ese punto, la reacción empresarial fue trasladar la presión al lugar más débil: sus empleados y los usuarios.

Ahí es donde el argumento empieza a perder consistencia. Porque si el negocio no es rentable sin asistencia permanente, la discusión no debería ser cómo sostenerlo artificialmente, sino si está en condiciones de seguir funcionando bajo las mismas reglas.

Dicho en términos simples: si no cierra, que devuelvan las concesiones.

El contraste dentro de la propia provincia refuerza esa idea. Hay empresas de transporte que lograron mantenerse al día con sus trabajadores, aun en un contexto económico complejo. Eso no las convierte en modelos perfectos, pero sí demuestra que el problema no es únicamente el contexto. También es gestión.

El paro no solo dejó sin colectivos a miles de misioneros. Dejó al descubierto un sistema que durante años se sostuvo más por inercia que por eficiencia. Un esquema donde el Estado garantizó, las empresas aprovecharon y los usuarios pagaron —con el boleto y con la falta de servicio. La diferencia es que ahora la tolerancia es menor.

Cuando la política empieza a revisar lo que antes naturalizaba, lo que aparece no es una crisis nueva. Es la evidencia de que el problema venía de antes. Y que, esta vez, ya no alcanza con patearlo para adelante.

La interna de los solos

En El ciudadano, el personaje de Oscar Martínez regresa a su pueblo y descubre algo incómodo: mientras él cambió, el lugar siguió discutiendo sus propios asuntos, ajeno a todo lo demás. No por maldad, sino por inercia. Cada uno encerrado en su propio mundo. En política, esa desconexión también ocurre. Y cuando pasa, el ruido interno empieza a importar más que la realidad.

Eso es lo que empieza a verse en Misiones con la interna del Partido Justicialista prevista para el 19 de abril. Dos listas, dos nombres: Lalo Costa de Argibel —ex crítico de La Cámpora, hoy alineado y encabezando uno de los espacios— y Christian Humada, hijo de Julio César Humada, para muchos el último gobernador peronista de la provincia.

En términos partidarios, la discusión puede tener lógica. Después de más de 25 años sin internas, ordenar el espacio parece, en principio, un paso necesario de cara a las elecciones generales previstas para el año que viene. El problema no es la interna en sí. Es el momento. Mientras la política se mira hacia adentro, la sociedad mira hacia otro lado.

La Argentina atraviesa una crisis económica que nadie discute. Es una crisis, en buena medida, autoinfligida. Producto de decisiones acumuladas, errores propios y también del rumbo que tomó el gobierno de Javier Milei. Pero que sea autoinfligida no la vuelve menos real. La vuelve más incómoda.

En ese contexto, una interna partidaria —después de un cuarto de siglo— puede leerse de dos maneras. Como un intento de normalización institucional o como una señal de desconexión. Y la percepción social suele inclinarse por la segunda.

No porque la gente rechace la vida interna de los partidos, sino porque el timing importa. Y mucho. Cuando el ingreso no alcanza, cuando la economía aprieta y la incertidumbre crece, la política discutiéndose a sí misma genera rechazo. No por lo que hace, sino por lo que deja de hacer.

Ahí aparece un problema más profundo. La política argentina —en todos sus niveles— no termina de procesar que el contexto cambió. Que la paciencia social es más corta. Que el margen para discusiones endogámicas se achicó.

Mientras tanto, en paralelo, los libertarios instalan agendas que tampoco terminan de conectar con lo urgente. Reformas institucionales, debates estructurales, discusiones de diseño político. Todo puede ser válido. Pero no necesariamente prioritario.

Y en ese cruce aparece una constante: gran parte de lo que la política quiere discutir no coincide con lo que la sociedad necesita resolver. Ese desfasaje es el verdadero problema.

No es patrimonio de un partido. Ni de un espacio. Es transversal. Mientras unos ordenan su interna, otros insisten con agendas que no llegan. Y en el medio, la realidad sigue avanzando.

La interna del PJ misionero no va a definir el rumbo de la provincia. Pero sí puede reforzar una percepción. La de una política que, incluso después de los golpes recibidos, sigue mirándose demasiado a sí misma. En este contexto, no es inocuo.

Cuando la política pierde la capacidad de interpretar el momento, empieza a perder algo más importante: legitimidad. Y recuperarla, después, suele ser bastante más difícil que organizar una interna.

Por Sergio Fernández